En una de mis clases recientes de Kendo, viví en carne propia lo que significa llevar el cuerpo al límite. No fue algo que planeara ni algo que esperaba que ocurriera. Al contrario, llegué a la práctica con energía, con la seguridad de haberme alimentado bien y con la emoción de que el sensei nos estaba preparando para una clase especial que tendríamos pronto. Lo que no anticipé fue que mi cuerpo me daría una gran lección sobre resistencia, preparación y, sobre todo, hidratación.

Un ejercicio que me tomó por sorpresa

La clase comenzó con los ejercicios habituales de estiramiento y calentamiento, seguido por el saludo inicial. Todo fluía con normalidad hasta que llegamos a un ejercicio que nunca había hecho antes y que, a simple vista, parecía sencillo.

Mi sensei nos mostró la técnica con una facilidad impresionante: en cuclillas, con la espalda erguida, avanzando a saltos como un sapito mientras ejecutábamos joge-buri con el shinai. Él lo hacía ver tan fluido y natural que pensé que no sería gran cosa. Pero cuando llegó mi turno, la historia fue otra.

Desde el primer salto, sentí cómo este ejercicio exigía fuerza, control y resistencia en un nivel que nunca había experimentado. Los músculos de mis piernas –los cuádriceps, los aductores y las pantorrillas– se activaron de una manera tan intensa. Cada salto me hacía sentir como si estuviera drenando la energía de mis músculos a una gran velocidad y sin tiempo para reponerla. No solo era un desafío de fuerza, sino también de resistencia cardiovascular.

Cuando finalmente llegué al otro extremo del dojo, me sentí agotada, pero también motivada. Mi sensei probablemente ha hecho este ejercicio cientos de veces a lo largo de los años, y verlo ejecutar el movimiento con tanta facilidad me dejó con un objetivo claro: algún día quiero hacer que este ejercicio parezca tan effortless como él lo hace ver.

Cuando la deshidratación me pasó factura

El problema real no fue el esfuerzo físico. Lo que realmente me puso en dificultad fue algo que no había contemplado antes: la deshidratación.

Los primeros signos aparecieron rápidamente: mi ritmo cardíaco se aceleró, comencé a sudar profusamente y noté que se me tapaba el oído izquierdo. Cuando me puse de pie para la siguiente ronda, sentí un temblequeo en las piernas similar al que se siente al bajarse de un barco después de navegar en aguas turbulentas.

Pero lo peor estaba por venir. A medida que avanzaba la clase, mi boca y garganta se secaron, mis manos y piernas temblaban y me costaba recuperarme incluso después de beber agua. Sentía una sensación de fatiga extrema, y mi respiración se volvió más profunda, como si mi cuerpo intentara extraer humedad del aire.

Mi sensei notó que me puse pálida y, sin dudarlo, me indicó que me sentara y bebiera más agua. Aunque traté de reponerme con descansos y más agua, el daño ya estaba hecho. Mi enfoque en la clase cayó drásticamente y mi rendimiento también. Incluso en los ejercicios más simples, me cansaba rápidamente y tuve la sensasión de no tener control de mis movimientos. La verdad es que ese detalle tan simple, pero obviado, fue lo que hizo que la pasara mal.

Lecciones aprendidas sobre hidratación y preparación

Este episodio me llevó a reflexionar sobre mis hábitos de hidratación. Me di cuenta de que, aunque pensaba que estaba bien preparada con suficiente descanso y una buena comida previa, subestimé completamente la importancia de los electrolitos y una hidratación adecuada.

Un detalle que no había considerado es que en casa usamos un sistema de ósmosis inversa para purificar el agua. Esto significa que el agua que consumo está libre de impurezas, pero también de minerales esenciales. Sin estos minerales, el agua no hidrata de manera óptima. Además, me di cuenta de que no estaba consumiendo suficientes frutas, que son una excelente fuente de hidratación y nutrientes.

Después de investigar sobre hidratación en deportes de alta intensidad, decidí hacer algunos cambios clave:

✅ Aumentar mi consumo diario de agua.
✅ Incluir más frutas y alimentos ricos en minerales en mi dieta.
✅ Incorporar bebidas deportivas con electrolitos para reponer los minerales perdidos durante la práctica.
✅ Hidratarme de manera estratégica antes, durante y después del entrenamiento.

Preparándome mejor para la siguiente clase

La próxima clase sería una especial con la visita de un sensei sexto dan, y quería asegurarme de estar lista para el reto. Me emocionó la oportunidad de entrenar con alguien con tanta experiencia, pero también me puse un poco nerviosa. Quería dar lo mejor de mí y evitar otra situación como la que experimenté en la práctica anterior.

Esta vez, tomé medidas desde el principio de la semana para optimizar mi recuperación y preparación:

  • Aplicando una pomada de recuperación muscular y masajeando cada noche para acelerar el proceso.
  • Bebiendo más agua y aumentando mi consumo de frutas frescas durante toda la semana.
  • Evitando el café el día de la clase (cual es un diurético) y optando por té verde.
  • Tomando un smoothie nutritivo de frutas unas horas antes del entrenamiento.
  • Haciendo ejercicios de estiramiento y movimientos somáticos antes de salir de casa para ir moviendo el líquido sinovial.
  • Llevando al dojo tanto agua como una bebida deportiva con electrolitos y minerales (zinc y magnesio) que ayudan con la rehidratación rápida.

Aprendiendo a entrenar con astucia y sabiduría

Esta experiencia me recordó que el Kendo es un camino de constante aprendizaje, no solo en la técnica, pero en muchos otros renglones, incluso en cómo cuidamos nuestro cuerpo para poder seguir entrenando por mucho tiempo. No se trata solo de trabajar duro, sino de trabajar con inteligencia. Estrategia, paciencia y preparación son también atributos del guerrero. Estoy segura que con el tiempo superaré estos retos físicos, especialmente si persevero y los atiendo con astucia y sabiduría.

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