
A veces, la vida nos lleva a lugares inesperados que despiertan algo profundo dentro de nosotros. Eso me sucedió hace poco, durante el primer taller de Kyudo en Puerto Rico, al que asistí junto a mi hijo. Fue una experiencia increíble pues hacía tiempo que estaba interesada en la arquería japonesa, pero pensaba que eso jamás llegaría a la isla. Durante el taller, nos enteramos que el evento estaba organizado por un club local de artes marciales que se reune en el Centro Dharma donde, además de Kyudo, se ofrecen clases de Judo, Naginata y Kendo.
Mi hijo mostró interés en probar el Kendo, así que hablé con uno de los instructores y poco después empezó a practicar los sábados. Como madre, verlo disfrutar y aprender fue hermoso. Pero lo que no esperaba era lo que vendría después: el sensei notó mi interés y me invitó a participar también. Al principio, dudé. Tengo escoliosis y, debido a una cirugía de fusión espinal, siempre he sido cautelosa con los deportes de contacto. Sin embargo, decidí intentarlo.
La primera clase fue como amor a primera vista: desde el primer golpe, supe que Kendo era algo especial.

Me sorprendió descubrir que no solo podía practicarlo, sino que, además, era muy divertido y las destrezas se ajustan al nivel de capacidad de uno. En el Kendo no se trata de goalpear y lastimar al otro. Todo lo contrario, el kendoka busca desarrollar precisión y elegancia para vencer a su oponente sin lesionarlo.
Descubriendo el estado de flujo y la alegría en el proceso
Desde que comencé Kendo, he experimentado algo que no había sentido en mucho tiempo: «flow state» (como se le dice en inglés). Es esa sensación en la que pierdes la noción del tiempo porque estás completamente inmersa en lo que haces. Cada sábado por la noche, después de la práctica, me siento emocionada, llena de energía y hasta me cuesta dormir porque estoy tan feliz.

Ha sido una revelación: creo que he descubierto una pasión oculta que estaba esperando salir a la luz.
Pero el camino no ha estado exento de desafíos. El primero fue mi propia percepción limitada de lo que podía o no podía hacer. Pensé: «Soy una mujer ya no tan joven con mis 39 años. Soy flaquita, medio debilucha y tengo una condición de espalda. Seguro que no seré buena en esto y me lastimaré.» Pero mi intuición me decía: «Esto parece muy divertido, y quiero probarlo. Si me gusta, me quedo; si no, sigo adelante. Pero si no lo intento, me voy a arrepentir.»
Al confiar en mi intuición, descubrí que realmente puedo hacerlo y que realmente me gusta. Desde entonces, me he aferrado al principio que Tim Tamashiro propone en su libro How to Ikigai: “Hazlo hoy, vuelve mañana.”
Otro desafío ha sido aprender a enfocar mi atención en el proceso y no en el resultado. Nuestra sociedad tiende a obsesionarse con el éxito, con ganar o alcanzar un objetivo, y a menudo ignora el valor del camino hacia allí. En Kendo, no se trata de «ganar» o «perder,» sino de estar presente y comprometida con cada movimiento.
Enfócate en el proceso: una lección para la vida
Mi sensei me dio un consejo que me resonó profundamente: «No pienses en el resultado; concéntrate en el proceso.» Este enfoque se alinea con el concepto Zen de «mente de principiante,» que libera la mente del sufrimiento que trae la anticipación y el tener expectativas irreales. Cuando estamos atrapados en expectativas, perdemos la capacidad de disfrutar el momento y de adaptarnos a lo que realmente está sucediendo. En el Kendo, la anticipación nos vuelve vulnerables ante el oponente.

En la vida, enfocarse en el proceso significa experimentar una mayor riqueza en el día a día: atesorar la compañía, saborear cada comida, echarle ganas a lo que se hace, disfrutar de cada interacción y de todo aquello que sucede según se presenta.
El proceso es la parte divertida
Kendo me está enseñando que el proceso es la clave para el éxito y el disfrute. Uno sólo tiene que caminar el camino con curiosidad, presencia y perseverancia, que las cosas, poco a poco se van dando. En cada práctica, estoy descubriendo nuevas facetas de mí misma y conectándome con algo más grande que yo: una tradición ancestral que invita a la calma, el respeto y la disciplina.
Así como en Kendo, en la vida hay belleza en cada paso, incluso en los que parecen torpes o difíciles. Lo importante es estar ahí, comprometidos con el momento presente, sabiendo que cada intento nos acerca un poco más a nuestra mejor versión.
¿Y tú? ¿Qué caminos estás explorando? ¿Qué disfrutas y te conecta con el presente? Me encantaría leerte en los comentarios.

Deja un comentario